No se puede hablar del lejano oriente, sin mencionar a algunos de sus grandes maestros. Confucio murió en el año 479 aC y la influencia de su pensamiento se prorrogó 2500 años hasta principios del siglo XX.
No fue emperador ni guerrero, sino algo quizá más duradero: un educador que creyó que una sociedad mejor empieza por personas que aprenden a respetarse.
Confucio enseñaba que la armonía no nace de la fuerza, sino del ejemplo. Hablaba del valor de la familia, del cuidado de los mayores, de la importancia de cumplir la palabra dada y de tratar a los demás como nos gustaría ser tratados.
Sus alumnos recogieron sus ideas en el libro Analectas. No eran grandes discursos, sino ideas sencillas sobre cómo convivir mejor, del tipo “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti.” o “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida.”. De Confucio se dice que creyó siempre que aprender es la forma más profunda de transformar el mundo. No iba mal.
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