Algunas especies fueron conocidas desde tiempos remotos y ya los antiguos egipcios comerciaban con el oriente para llenar las cocinas de aromas exquisitos y los templos de olor a divinidad.
Las Molucas (las Islas de las Especias), un archipiélago de la actual Indonesia, fueron el puerto de salida de la mostaza, el sésamo o el azafrán, el clavo y la nuez moscada, pero también el incienso y la mirra.
Por sus muchas propiedades, entre las que se cuenta enmascarar el sabor de alimentos que en tiempos sin nevera pronto se estropeaban, y por la alta rentabilidad de un producto de bajísimo peso específico, las especias fueron la razón de enfrentamientos comerciales entre países de distintas épocas.
Cada vez que hacemos uso de un poco de canela para aderezar nuestras natillas, de unos hilos de azafrán para nuestra paella dominguera o de una punta de clavo o de nuez moscada para ese rabo de ternera, tenemos entre nuestras manos un pedazo de historia que nos liga con lo más lejano del oriente.
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