Ikebana, es el nombre que recibe el milenario arte japonés de la composición floral. Su objeto no es la mera obtención de un resultado estético, sino una reflexión armoniosa sobre las fuerzas que regentan el mundo, cielo, tierra y ser humano, al amparo del espacio y el tiempo.
Sujeto a reglas llenas de expresividad y sutileza, habrán de respetarse tres líneas fundamentales, tres alturas que reflejan el orden cósmico: la del cielo y todo lo que hay en él (arriba), que es fuente de la energía de la que se nutre la tierra (abajo), quien se la transmite a todos los seres vivos, plantas, hombres y animales (en el centro), donde generalmente encontraremos las flores.
Ikebana, literalmente “flores vivas” o “dar vida a las flores”, es un esfuerzo por representar el equilibrio en el mundo desde la sencillez, a veces con muy pocos elementos, mucho silencio y un “colocar con intención” que obliga a la calma.
El ikebanaka le da importancia al vacío, busca dejar espacio más que llenar, no decirlo todo para retener ahí nuestra mirada y provocar la contemplación.
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