Solo escuchar su nombre hace que nos traslademos a aquellas tierras del lejano oriente. El mineral del que hablamos, la jadeíta, es un piroxeno, una piedra que contiene un “fuego extraño”: no debería sorprendernos que tantos amuletos y adornos de ese material llevasen la figura de un dragón.

Lo cierto es que al jade (verde, grisáceo, negro, rojo,…) se le consideraba una piedra de la eternidad y de la sabiduría con mágicas características protectoras: si una figura o un amuleto de jade se rompían se pensaba que era porque así se evitaba un daño mayor que apuntaba a su dueño.

En Huainanzi, un texto clásico del siglo II a. C., se cuenta que en tiempos remotos los 4 pilares que sostienen los cielos se hundieron y la humanidad vivió un estado catastrófico de incendios e inundaciones. Entonces la diosa Nüwa fundió una piedra de 5 colores con la que reparó el cielo y arrojó a la tierra el material sobrante de la obra, que había de convertirse en el jade.

Cierto que este mineral puede encontrarse también en otras partes del planeta: en el siglo XVI los españoles que llegaron a Sudamérica lo llamaron “piedra de ijada” porque los nativos la portaban para aliviar los dolores que se presentaban justamente en las ijadas, (espacios entre las costillas flotantes y las caderas, donde está el hígado por ejemplo). A Francia llegó en el siglo XVII con el nombre de “éjade”, que luego fue simplemente “jade”. Cosas de los nombres.

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