No es magia. No hay truco. Todo queda a la vista. Solo son necesarias una hoja de papel, tus manos y paciencia para hacer de algo muy sencillo un nuevo objeto precioso.
Este noble arte pudo aparecer en China y de allí saltaría a Japón como actividad muy exclusiva. Allí lo llamaron origami (ori = doblar y kami = papel), y sus reglas básicas se mantienen hasta hoy: no cortar, no pegar, solo doblar.
La corriente más popular es la que reproduce plantas o animales, como la grulla de la que dicen en Japón que quien hace mil puede pedir un deseo. Otros amantes de esta actividad prefieren la realización de figuras geométricas, que en su momento ayudaron a la ornamentación en arquitectura.
En español existe la palabra “papiroflexia” acuñada en los años 30 por Vicente Solórzano, y también “cocotología”, neologismo introducido por Unamuno, que a buen seguro se habría ganado su deseo al superar, con harta paciencia, las más de mil pajaritas de papel.
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