Según una leyenda, allá por el siglo XXVII a.C., la emperatriz china Leizu estaba tomando el té bajo una morera, cuando un capullo de gusano cayó en su taza. Al contacto con el calor el capullo mostró unos hilillos de los que fue tirando sorprendida Leizu, quien no desaprovechó la casualidad para hilar aquella fibra.
Por su brillo y su tacto suave la seda empezó reservándose para vestidos especialmente elegantes lo que hizo aumentar su valor. La facilidad para transportarlo, puesto que ocupaba menos que la lana, el algodón o las pieles, hizo de este tejido un importantísimo objeto de comercio, hasta dar nombre a la más importante ruta comercial conocida.
La Ruta de la Seda fue en realidad una vasta red de caminos y rutas marítimas que conectó Europa y Asia de extremo a extremo entre los siglos II a.C. y el XV de nuestra era. Por el viajaron no solo telas, especias, porcelanas y otros inventos, sino también ideas científicas, religiosas y tecnológicas de las que se alimentaron diversas culturas.
Como la seda necesitó tierras en paz y caminos seguros para moverse libremente, podríamos afirmar que tras cada prenda de seda hay una larga historia de interconexión y entendimiento humano.
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