En Asturias, los hórreos resolvieron el almacenaje del grano protegiéndolo de la humedad y de los roedores, y en la Selva Negra alemana, la inclinación de los tejados evita que las casas se hundan bajo el peso de la nieve.
En muchos lugares, las peculiaridades climáticas han propiciado formas constructivas originales: si vemos un edificio rematado con tejados de aleros curvados, sabremos que estamos en el Lejano Oriente.
Lo cierto es que en muchos países de Oriente llueve a cántaros sobre sus casas construidas con madera. El tejado curvo hace que el agua salga despedida más lejos y sus paredes se vean más protegidas.
Además, este tipo de tejado penetra mejor en el viento y es menos lesivo en caso de terremotos. Por si fuera poco, consigue integrarse de forma diferente en el aire que lo envuelve, queriendo como flotar, dar armonía al edificio finalmente.
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