Existe una historia de amor entre los trenes y el oriente. Desde Inglaterra, donde la primera locomotora de vapor echó a andar, el tren quiso extender sus brazos de hierro al mundo entero.

Envuelto en un halo de romanticismo, el 4 de octubre de 1883 se inauguraba el Orient Expres, un tren de lujo que salía de París y en 1889 ya permitía llegar sin trasbordos a la actual Estambul pasando por Viena, Budapest y Bucarest, mientras desde sus vagones se saludaba al Danubio.

En 1916, afrontando una aventura única, hombres y mujeres podían atravesar toda Rusia, desde Moscú a Vladivostok, en el Pacífico, en el Transiberiano que soñase 25 años atrás el Zar Alejandro III: desde las ventanillas verían pasar los Urales, la inmensidad siberiana, las frías estepas y el profundísimo lago Baikal.

Y el tren llegó a Japón y en 1964 un convoy recorría a 210 klm/hora la distancia entre Osaka y Tokio, que era ese año sede de la Olimpiada. Con el mismo espíritu olímpico los “Trenes Bala” baten récords de velocidad, seguridad y puntualidad y se dice que pronto alcanzarán los 600 klm/hora, para que así el lejano oriente no deje nunca de sorprendernos.

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