En el juego de contrarios propio del mundo oriental adquiere un atractivo peculiar la referencia al vacío, que tanto miedo produjo en la Europa medieval.
Hace 26 siglos Lao Tse escribió Tao te ching (El camino celeste), un breve texto lleno de sabiduría que invita a ver lo que muchas veces pasa desapercibido. Vemos la jarra, pero es el vacío dentro de ella el que permite que podamos transportar agua.
Hay vacío en el espacio entre los árboles del bosque, entre dos notas de música, entre dos versos. El vacío es una oportunidad para poner ahí algo material o inmaterial propio.
Esta forma de pensar es la que nos hace comprender la sencillez de la decoración interior de las casas o de los jardines que vemos en algunas películas orientales. También la que invita a la inacción, al silencio o a la humildad, siempre en tensión con sus términos opuestos.
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