Después de las pirámides, los obeliscos fueron en Egipto los monumentos más colosales y complejos en su edificación.

De planta cuadrada que se estrechaba hacia la cúspide, estaba rematado por una punta en forma de pirámide llamada piramidión: esta parte se cubría generalmente con planchas de oro o de electro (una aleación de oro y plata), para que brillase con más intensidad y así recordase a todos que era para honrar al Dios Sol y al faraón para lo que se habían realizado esfuerzos más allá de lo creíble.

Las paredes del obelisco estaban decoradas con finos grabados que recogían los nombres del rey, dedicatorias a los dioses y, en algunos, figuras de babuinos, animales relacionados con el sol por los chillidos que emiten al amanecer y al anochecer.

Su majestuosidad fue símbolo de estabilidad y permanencia e hizo de ellos objetos codiciados que terminaron decorando plazas de ciudades como Roma, París o Estambul, convirtiéndose en verdaderos talismanes y bellísimos adornos, asombroso recuerdo de la valentía en el proyectar y ejecutar obras para la eternidad.

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